martes, 23 de abril de 2019

La menuda evasión

Yakusoku no Neverland



En un idílico paraje rodeado por naturaleza, se levanta un orfanato donde niños huérfanos de diversas edades viven juntos como una familia bajo los cuidados de Isabella, su "mamá", con total libertad de hacer lo que quieran siempre que no se alejen demasiado del edificio ni se acerquen a la gran puerta y los muros que delimitan la propiedad. Cada poco tiempo, uno de los niños es adoptado y deja el orfanato para no volver jamás. Pero un día los tres hermanos mayores, Norman, Ray y Emma descubren el truculento secreto tras las "adopciones" y el orfanato en sí, y deciden elaborar un plan para huir.

Me encantan las sorpresas agradables, aunque esta no lo sea tanto. Cuando el río suena es que lleva agua, y con Yakusoku no Neverland llegaba a mis oídos un torrente ensordecedor de buenas críticas y celebraciones por su adaptación a anime. Lo único que me quedaba era descubrir por fin el porqué una serie sobre un orfanato y unos niños que apenas llegaban a la docena de años constituían la sensación shônen del momento. Lo he descubierto al fin, y los parabienes están infinitamente justificados.

Yakusoku no Neverland me ha hecho ver que soy capaz de contener la respiración durante mucho más tiempo del que nunca creí. Es esta una historia tensa y emocionante, un magnífico duelo de intelectos lleno de cambios de viento a favor de un bando u otro, de actores de paso fugaz pero gran importancia en ese peligroso juego donde la supervivencia es el premio. Narrada con pulso firme y sin miramientos, ocultando o sugiriendo pequeños detalles que forman un abrumador todo en la recta final; no da un respiro al espectador, lo obliga a elucubrar teorías, a sorprenderse y congratularse de la astucia de los niños, a desesperar y aterrorizarse ante la impiedad de mamá, a comprender el aparente callejón sin salida que es el orfanato y la terrible verdad tras él. Estos doce episodios narran un arco muy bien definido, cerrado pero que abre la puerta a un nuevo horizonte en la segunda temporada y no limita la serie a un único escenario.


Este arco da unas ligeras pinceladas del mundo de la serie -que pinta bastante hostil- y presenta a un nutrido grupo de personajes rebosante de personalidad. El trío protagonista personifica los tres puntos necesarios para llevar a cabo un plan: la información -Ray-, la metodología -Norman- y la pasión -Emma-. La chica adquiere un papel preponderante, pues es el pegamento del grupo, la que obliga a Norman y Ray a devanarse los sesos, la que sugiere problemas y busca soluciones. Al final, debe ser la ejecutora del plan, la cabeza visible. El resto de niños la adoran, y ella sabe llegar a ellos con ese extra de cariño que tiene dentro de sí. Después vienen Gilda y Don, y tras ellos el resto, en un papel de importancia decreciente pero vital para llevar el guion y el plan a buen puerto. Por otro lado, el papel de Isabella como antagonista es demencial, con algunos momentos en los que inspira un temor que se puede palpar. Ese pequeño flashback al final de la serie es demoledor y revelador a partes iguales.

Hay mucha confianza en esta serie traducida en una inversión notable por parte de CloverWorks. Es una delicia para los ojos, desde el equilibrado diseño de personajes hasta una animación cuidada, de picos altos magníficos y bajos muy buenos. Hay un esmero especial en la expresividad de los personajes, ya sea temor, sorpresa o ira. Se ha hecho un trabajo de fotografía excelente, dotando por ejemplo al orfanato de calidez pero también de cierto aire siniestro gracias a las sombras y claroscuros. El apartado sonoro complementa al visual, con silencios incómodos y melodías que aprietan el corazón. 

Tal vez sea el mejor anime de una temporada nada desdeñable, una sorpresa esperada y deseada, casi tanto como ese País de Nunca Jamás prometido a un grupo de niños soñadores.

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