viernes, 15 de febrero de 2019

El sonido que rasga el aire

Tsurune: Kazemai Koukou Kyuudoubu



Minato Narumiya es un talento del kyûdô o tiro con arco japonés, pero tras un torneo en secundaria desarrolla pánico al objetivo y decide alejarse del deporte, llegando a cambiar de instituto en el proceso. Pero en su nueva escuela se verá arrastrado por nuevos y viejos amigos a formar parte del recién creado Club de Kyûdô.

Antes de comenzar a ver esta serie, incluso pasados los dos primeros episodios, tenía malas sensaciones respecto a ella. No tenía el bombo y platillo que otros trabajos de KyoAni habían disfrutado y había en el horizonte dos películas a estrenar de franquicias tan importantes como Hibike! Euphonium y Free! que debían estar acaparando todos los esfuerzos del estudio. En definitiva, tenía la impresión de que esta Tsurune era un trabajo de transición, una faena de aliño para rellenar hueco y no abandonar del todo el foco.

Fueron pasando los episodios. La serie acabó. Mis impresiones dieron un giro de 180 grados.

Tsurune es un grandísimo spokon, pero no un spokon de manual, con toda la estructura y clichés a los que estamos acostumbrados. Es más íntimo e introspectivo, a juego con la disciplina que muestra. La competición y resultados importan, pero de nada sirven si no van acompañados de saber estar, de ceremonia, de belleza, de ese bello sonido de la cuerda restallando al soltarla, de ese otro sonido rotundo de la flecha clavándose en la diana. 

Ese intimismo del que hablo también tiene que ver con el hilo principal de la serie, la vuelta del protagonista, Minato, al campo de tiro. Esta vuelta es una lucha contra el pánico al objetivo que sufre, contra el miedo a no cumplir las expectativas de los demás; una vuelta forzada por un grupo de amigos insistentes y un amor por el kyûdô que renace gracias a un misterioso y carismático arquero que acaba convirtiéndose en el maestro del club. Ese camino en el que Minato recupera la confianza y redescubre su talento y amor por el arco es narrado con pulso firme pero delicado, con trabas en el camino y pasos atrás para hacer más fuertes y resolutivos los últimos episodios.


El punto flaco de la serie son sin duda sus personajes. Bueno, seré honesto, algunos de sus personajes. No tengo nada en contra de Minato y el carismático Masaki, un maestro que no es perfecto y esconde miedos e inseguridades; tampoco del viejo profesor Tommy, que mueve los hilos sin que nadie se percate; mucho menos del equipo femenino del club, tres simpáticas chicas que observan con divertida resignación las idioteces de los chicos. Pero hay ciertos personajes insufribles que lastran la serie con cada aparición en pantalla, como Seiya, que se cree el ombligo del mundo del protagonista, o Kaito, al cual no he conseguido ver de otra manera que no sea enfurruñado y gritando por chorradas. Pero si hubo dos personajes que me sacaron de quicio desde el minuto uno fueron los gemelos. Chulos e hirientes, solo saben hablar para transmitir negatividad y rechazo. No transmiten lo que deben transmitir unos rivales, manchan el buen nombre de esta disciplina ancestral. 

Respecto a la parte técnica qué puedo deciros, es Kyoto Animation. Detalles como el cuerpo del arquero temblando cuando la cuerda está tensada a punto de lanzar la flecha o el público en segundo plano y desenfocado animado con maestría deja a las claras que este estudio está a otro nivel. Efectos de luz sobresalientes, paleta de colores nítida y elegida con sumo gusto, diseños de personajes marca de la casa con un toque algo más adulto y serio que queda simplemente perfecto... El trabajo es artesano y nunca dejará de sorprenderme aunque lo vea mil veces. No quiero dejar de destacar el sonido: más allá de una banda sonora de gran calidad -ojo al opening de Luck Life-, ese ínfimo detalle de otorgar diferentes tsurunes -sonido de la flecha al ser lanzada- a cada personaje para acentuar sus personalidades me ha parecido fantástico.

Me da pena que este anime tenga menos vuelo mediático que cierto anime de nadadores cuando es infinitamente mejor, pero qué se le va a hacer. La búsqueda calmada de uno mismo y el deporte tradicional como herramienta para ello no están de moda. Al menos algunos sabemos -y sabremos- apreciarlo.

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